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Vivimos una Semana Santa en plenitud, con recogimiento, fe y esperanza. Desde el inicio del Triduo Pascual, numerosos fieles se reunieron en cada momento para acompañar a Cristo en su camino y renacer junto a Él.
El Jueves Santo, la Última Cena invitó a contemplar el amor que se hace servicio en el lavatorio de los pies de once personas mayores, quienes permanecieron en el altar, como los discípulos, durante toda la Misa. Luego, el Santísimo sacramento se trasladó hasta el templo menor para la Adoración.
El amanecer del Viernes Santo nos recibió con el retiro guiado por nuestro párroco padre Juan sobre “Los momentos de la Pasión según San Juan”.
Más tarde vivimos la Liturgia de la Pasión, el Vía Crucis por las calles del territorio parroquial y la adoración a la Cruz.
El Sábado Santo, cuando la Iglesia permanece en silencio, escuchamos la segunda parte del retiro guiado por nuestro párroco, titulado “Los personajes de la Pasión: Pedro, las Mujeres, Nicodemo y nosotros”.
Por la tarde, celebramos con gozo el paso de las tinieblas a la luz en la Vigilia Pascual.
En su homilía, el padre Juan recordó que el Señor Resucitado quiere renovar nuestro “corazón de piedra” para darnos un “corazón de carne”, lleno de ternura, amor y cercanía.
Desde esa transformación, “nos sentimos nuevos, limpios, reconciliados, capaces de volver a empezar. Descubrimos que Dios sigue obrando en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestros hijos y nietos; que la vida continúa creciendo, que una y otra vez vuelve a brotar lo nuevo. Y en medio de ese camino, también a nosotros, como a ellas (las mujeres del Evangelio), el Señor nos sale al encuentro”, expresó el padre Juan.
El Domingo de Resurrección, una multitud celebró con alegría el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte comenzando así un gozo profundo de nuevos días: la Octava de Pascua
¡Que la alegría de la Pascua permanezca en cada corazón!