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Se llama Triduo Pascual a los tres días que preceden al Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, es decir, Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo.
EL JUEVES SANTO
Dos son las acciones litúrgicas de este día: por la mañana, la Misa Crismal y, por la tarde, la Misa de la Cena del Señor.
La Misa Crismal se celebra en la Iglesia Catedral, junto al Obispo y todos los sacerdotes y diáconos, más todo el pueblo fiel que desee asistir.
En esta Misa, el obispo bendice y consagra los Santos Óleos que servirán para la administración de los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Ordenación Sacerdotal y de la Unción de los Enfermos.
Si cada Misa constituye el memorial de la Cena, la del Jueves Santo lo es a título excepcional, no solamente en razón del aniversario de la Pasión de Jesús, sino porque todos los ritos nos hacen revivir la última cena tomada por el Señor con sus Apóstoles antes de ser entregado.
Celebramos la Misa vespertina, recomendándose una celebración festiva. Después de la proclamación de la gran lección de humildad y de servicio fraternal dada por el Señor al lavar los pies a sus discípulos, el celebrante reproduce sus gestos, lavando los pies de 12 fieles.
En la Epístola, San Pablo relata la institución de la comida sacrificial de la nueva alianza, la Eucaristía y el Servicio Sacerdotal; luego, los Presbíteros vuelven a decir sobre el pan y el vino las palabras de Jesús, y después de haber comulgado el cuerpo y la sangre de Cristo, reparten el pan consagrado a toda la asamblea.
Termina la liturgia del Jueves Santo con una Adoración hasta la medianoche o antes, para acompañar a Jesús en su oración en el huerto de Getsemaní.
EL VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
El Viernes Santo nos hace revivir el misterio de la muerte de Cristo.
Es día de recogimiento y de reposada meditación ante la Cruz, de la cual depende el destino del mundo.
Es la etapa obligada de todo cristiano para poder participar en la Resurrección del Señor.
Es día de penitencia, en el cual debemos manifestar nuestra generosidad y nuestro amor a Cristo, que muere por causa de nuestros pecados.
La cruz no ha pasado, Cristo sufre hoy. La carne dolorida de Jesús son los pobres, los humildes, los enfermos, los solos, los que no son amados.
Ante la cruz de Jesús, no olvidemos la cruz de nuestros hermanos pequeños y amemos nuestra propia cruz.
El amor se ha hecho cruz. Nuestro dolor tiene una explicación: el amor. Dios no quiere que suframos, quiere que amemos; pero amar en un mundo de pecado se llama cruz.
La cruz no es inútil, es salvación: unamos nuestro dolor al de Jesús. Abramos nuestro corazón al dolor de nuestros hermanos y oremos en un silencio respetuoso y humilde.
Viernes Santo no es un fin; solo es camino hacia la alegría pascual. No hay Misa en este día. Por la tarde se celebra el Oficio solemne, que comprende tres partes:
EL SÁBADO SANTO
El Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte; la mesa del altar queda sin mantel y no se celebra el Sacrificio de la Misa, hasta que, al término de la solemne Vigilia nocturna, en la que se espera la Resurrección, se dé lugar a la alegría pascual que se irá desarrollando durante cincuenta días.
El Sábado Santo es el día del reposo del Señor. Cristo, sepultado ayer, continúa hoy en el Sepulcro. Este es y debería ser el día de mayor silencio del año. Es el día, por tanto, de la meditación individual y comunitaria acerca de la muerte del Redentor. Carece de todo acto de culto. De esta manera, el pueblo cristiano se prepara mejor para las “alegrías santas” de la Resurrección.
La Iglesia pretende que, en esta noche de la Resurrección, el pueblo cristiano pase una “Santa Vigilia”, que, en palabras de San Agustín, es “la madre de todas las santas vigilias”, que celebra el paso de las tinieblas a la Luz de la gracia.
Desde los tiempos más antiguos, esta noche es “una vigilia en honor del Señor” (Éxodo 12, 42). Está ordenada de tal manera que, según la recomendación del Evangelio (Lucas 12, 35 ss.), los fieles, teniendo en la mano sus lámparas encendidas, sean semejantes a los que esperan a su amo, a fin de que, a su “vuelta”, los encuentre vigilando y los haga sentar a su mesa para servirles.
Por esta razón, después de un rito de acción de gracias por la luz (que constituye la primera parte de la Vigilia), la santa Iglesia prolonga su vigilia meditando las maravillas que, desde los orígenes, el Señor ha realizado por su pueblo, confiada en su Palabra y en su promesa (segunda parte o liturgia de la Palabra), hasta que, próxima el alba de la resurrección, junto a los nuevos miembros que le han nacido en el bautismo (tercera parte), sea invitada al banquete que el Señor le ha preparado por su muerte y resurrección (cuarta parte).
Que el Señor reavive en todos nosotros la fe para vivir profundamente estos tres días santos y así resucitar renovados a una vida nueva por la resurrección de Cristo, que es nuestra Pascua.
¡Feliz Pascua de Resurrección!
P. Juan Debesa Castro
Párroco