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Queridas hermanas y hermanos en el Señor Resucitado:
Estamos en el tiempo pascual. Recién hemos celebrado la Octava de la Pascua del Señor y entramos esta semana en la Cincuentena Pascual. Es un tiempo fuerte y es el centro de todo el año litúrgico.
El tiempo pascual comprende cincuenta días, vividos y celebrados como un solo día: los cincuenta días que median entre el Domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo.
Es una cincuentena festiva que debe centrar nuestro año litúrgico, porque es su tiempo más fuerte y significativo. La Cuaresma nos ha debido preparar a esta celebración y la Noche Pascual ha “inaugurado” la Pascua, que ahora se extiende durante siete semanas de vivencia intensiva. El día de Pentecostés no será una fiesta aparte, sino que es la plenitud y cumplimiento de lo inaugurado en la Noche de Pascua: el Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos. Tampoco la Ascensión debe “dividir” esta cincuentena. El tiempo pascual debe vivirse como una unidad hasta la tarde del día de Pentecostés. Aquel día, y no el día de la Ascensión, se apaga el cirio pascual, que ha sido el signo exterior de la celebración de la Nueva Vida del Señor. Al día siguiente de Pentecostés reemprendemos el “tiempo ordinario” en su semana correspondiente hasta la fiesta de Cristo Rey.
En estos cincuenta días celebramos el paso de Cristo a su Nueva Vida. Es un misterio central de nuestra fe: la obediencia al Padre, con la entrega de su vida en la Cruz, y la acción poderosa del Padre que, por su Espíritu, le resucita de entre los muertos.
Cristo Jesús ha pasado en su Misterio Pascual a una nueva forma de existencia. Ha sido constituido “Señor” y primogénito de toda la creación. Ha entrado definitivamente en la esfera del Espíritu y vive para el Padre.
Y como este “paso” (Pascua) lo ha dado como cabeza de la nueva humanidad, se ha convertido en modelo y prototipo de lo que la Iglesia entera, la comunidad de los creyentes (nosotros), tiene que realizar. Él es el Hermano Mayor, que ha recorrido el camino a la nueva Vida. Él es el Hermano Mayor que ha recorrido el camino a la nueva Vida de Resucitado, el “primogénito de entre los muertos” (1 Corintios 15). A Él debemos seguirle todos los cristianos.
Los cristianos desplegamos en la historia la Pascua de Jesús. La vamos desarrollando. Se puede decir que la Pascua no está terminada: se ha cumplido en nuestra Cabeza, Cristo; pero todavía tiene que cumplirse en nosotros. El paso al Padre, y a la nueva existencia de resucitados, continúa en nosotros.
La celebración de la Pascua es, pues, “meterse en ella”, aceptar sus motivos-fuerza y dejarse resucitar a la nueva vida por el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos.
Muy feliz Cincuentena Pascual.
Les desea su párroco,
P. Juan Debesa C.