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?Este es un tiempo privilegiado para escuchar la Palabra de Dios, para intensificar la oración, para compartir con los demás y para privarnos de lo superfluo.
Se trata de vivir las actitudes cristianas, que nos ayuden a parecernos más a Jesús.
Cuaresma viene de cuarenta o cuarentena. En la Biblia, el número 40 aparece con mucho significado: 40 días del Diluvio; 40 años de la marcha del pueblo judío por el desierto; 40 días de Moisés y del profeta Elías en la montaña santa; 40 días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública.
Cristo nos invita, durante la Cuaresma, a recorrer un camino de penitencia y de purificación interior para renovar nuestra fe y vivir de acuerdo con ella.
Dios Padre no se cansa de llamarnos, para que cada vez que experimentemos la derrota del pecado, volvamos a la casa como el hijo pródigo. Así, llegaremos preparados y limpios interiormente para vivir plenamente la Semana Santa, con toda la profundidad, veneración y respeto que merece.
Las prácticas de la Cuaresma son el ayuno, la limosna y la oración.
La Comunidad Cristiana es convocada a dejarse alcanzar por la Misericordia del Padre. La propuesta nueva de Jesús va directo al corazón; hay que pasar de la exterioridad a la interioridad que solo Dios ve (“que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha”, etc.).
Mediante este camino, Jesús quiere que entremos en nuestra vida con sinceridad, que reconozcamos y sopesemos las intenciones y motivaciones que nos mueven en nuestra relación con Dios, con los otros y con nosotros mismos. A Dios se le agrada “de corazón”, no con apariencias.
La tendencia del ser humano es a buscarse a sí mismo, a desviarse de Dios, buscando intereses propios, poder, prestigio y placer; se trata de reorientar continuamente el corazón a Dios.
El ayuno: es la moderación en la comida y en la bebida; pero también es ayuno de egoísmo, de vanidad, de orgullo, de odios, de pereza, de venganza, de impureza, de ira, de envidia, de rencor, de injusticia, de pelambre, de crítica, de redes sociales, etc.
La limosna: se trata no solo de monedas o de dinero; se trata de ayudar a los demás, a quien necesita, compartir el tiempo y la alegría, repartir sonrisas, ofrecer perdón, compartir todo, estar disponibles y darse a sí mismos, etc. San Agustín dice al respecto: “si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tengas nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna del corazón”.
La oración: es la apertura a Dios; sin oración, la limosna y el ayuno no se sostienen. La oración cambia el corazón, Dios lo cambia, lo hace más limpio, más comprensivo, más misericordioso, más generoso; la oración crea un corazón nuevo, lleno de caridad y de amor.
Y, finalmente, una palabra acerca del signo de la ceniza: la ceniza es signo de nuestra condición de seres mortales. El libro del Génesis, en el capítulo 3, versículo 19, nos dice: “¡Acuérdate de que eres polvo y que al polvo habrás de volver!”. Una vez al año, el Miércoles de Ceniza se nos recuerda esta gran verdad. Nuestra condición de mortales tiene que ver con la caducidad de todo lo terreno y con cómo aspiramos a lo eterno por la gracia del Señor.
Les deseo a todos una fructífera Cuaresma.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa C.