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Queridas hermanas y hermanos en el Señor:
Hemos celebrado la fiesta de santo Tomás, apóstol, llamado el Mellizo o Dídimo, quien pone en duda la veracidad de la resurrección de Jesús. El mismo Jesús lo conduce a la fe pascual. Surge la pregunta: ¿Cómo pueden llegar a creer en Jesús las personas que no han visto directamente a Jesús resucitado, como lo vieron los apóstoles?
Se llega a creer a través de la predicación-testimonio de la Iglesia. El apóstol Tomás, ausente en el primer encuentro con el Resucitado, rechaza el testimonio de los otros discípulos ("Hemos visto al Señor"), no confía en ellos porque los considera víctimas de una alucinación colectiva. Él exige ver a Jesús personalmente para constatar que se trata del mismo Jesús que conoció terrenalmente, con las cicatrices de los clavos y la herida de la lanza en su costado.
Y el Señor acepta el desafío de Tomás. Jesús no rechaza su solicitud, sino que le concede lo pedido. Mediante el contacto con sus llagas, Jesús lo conduce a la fe, una fe nunca vista. Sin embargo, Jesús recalca que la verdadera fe que merece bienaventuranza, felicidad, es la de los que creen sin haber visto, es decir, la fe que no depende de las condiciones puestas por este apóstol.
Jesús irrumpe en medio de la comunidad. Tomás está ahora entre ellos. Les desea la paz como la primera vez y comienza la pedagogía de la fe con Tomás, a quien se dirige Jesús. El gesto de Jesús hace salir a Tomás de su aislamiento, de manera que, junto con él, toda la comunidad sea una en la alegría pascual. Jesús no quiere que nadie quede excluido de la paz y del gozo pascual.
Jesús le muestra las marcas de su muerte y de su amor; es decir, le hace sentir que lo ama y que, al dar la vida por él, Jesús es la fuente de su salvación. Esas llagas son el camino de la resurrección, la verdad de un Dios que lo ama y lo salva, y la fuente de la vida nueva.
Tomás reacciona con una altísima confesión de fe, como ninguno antes que él: "¡Señor mío y Dios mío!". Tomás se demoró más que todos los demás para llegar a la fe, pero cuando llegó los sobrepasó a todos.
Finalmente, en el corazón del discípulo incrédulo se enciende la llama de una fe profunda que supera la de los demás. Tomás comprende que, al resucitar de entre los muertos, el Maestro ha demostrado de forma clara y convincente que Él es el Señor Dios, soberano de la vida y de la muerte.
Es verdad que la fe de Tomás es auténtica y sincera, pero ella tuvo necesidad de la prueba concreta: ver con los propios ojos y tocar con las propias manos al Resucitado. ¿Cómo llegamos a la fe los que no hemos podido ver al Señor Jesús? ¿Podremos creer? La respuesta es: ¡Claro que sí! No solo será posible nuestra fe, sino que esta será superior y más meritoria que la de los primeros discípulos.
Es por eso que, al final, el diálogo de Jesús con Tomás nos involucra también a nosotros. De repente, vemos cómo Jesús da media vuelta y nos hace un guiño de ojo a nosotros, los lectores de este evangelio, diciendo: "Dichosos los que no han visto y han creído". Jesús mira y felicita con una bienaventuranza a todos los que creerán en el futuro: ¡Felices los que crean sin haber visto!
El camino de Tomás no se repetirá de nuevo; lo que queda vigente para nosotros es el testimonio apostólico que, con la fuerza del Espíritu Santo, proclama: "Hemos visto al Señor".
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa Castro.