"Unidos en Cristo para Evangelizar"
20 de Mayo de 2026
Pentecostés
 



En aquel Pentecostés la venida del Espíritu Santo inaugura una nueva creación, un nuevo mundo, una nueva forma de vivir

Queridas hermanas y hermanos en el Señor:

El Libro de los Hechos de los Apóstoles narra la venida del poderoso Espíritu de Dios sobre el débil, temeroso y aun insignificante grupo de los discípulos de Jesús tras su Ascensión a los cielos, y su inmediata repercusión: el anuncio del cristianismo y el comienzo de la expansión de la Iglesia.

Pentecostés es una fiesta importante del calendario litúrgico judío. Su nombre significa en griego “cincuenta” (aquí “cincuenta días”), pues se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Era, en su origen, una conmemoración de la cosecha del trigo. Más tarde, tras el Exilio Babilónico, se cargó de sentido histórico-salvífico en relación con la renovación de la alianza. La celebración revivía y actualizaba el don de la Ley al pueblo elegido, unido a Dios por el pacto del Sinaí. Pascua y Pentecostés estaban estrechamente ligadas.

Para la Iglesia, Pentecostés celebra la nueva alianza establecida por Dios, por medio de su Hijo Jesús, con la humanidad entera; no ya con un pueblo. Un triple signo la hace patente: la Resurrección del Señor, su Ascensión a los cielos y la llegada del Espíritu Santo.

La alianza universal por medio del Espíritu reúne en un solo pueblo —la Iglesia— a los que antes estaban dispersos y separados en multitud de lenguas (lo que ocurrió con la torre de Babel, que significa “confusión”).

En palabras de San Agustín de Hipona: “Las lenguas que hablaban los llenos del Espíritu Santo anticipaban a la Iglesia que iba a estar presente en las lenguas de todos los pueblos. Los miembros dispersos del género humano, cual si fuera un solo cuerpo, son restituidos y unidos a Cristo, cabeza única, y se fusionan en la unidad del cuerpo santo gracias al fuego del amor” (Sermón 271).

El Espíritu Santo es el centro del relato, que proclama su llegada sobre aquellos discípulos que habían mantenido su fe y esperanza en Jesús. Su venida ya había sido anunciada y ahora sucede como se había dicho. Él es quien hace posible que todos se entiendan en la Iglesia, vengan de donde vengan; todos comprenden lo que los discípulos hablan. Hablan no en su propia lengua, sino en la de Dios. Y esa voz es comprendida y acogida por los que la oyen, que, en consecuencia, se convierten a la fe en Jesús.

Ha llegado el momento en que el Espíritu es dado a los discípulos, llamados a continuar en el tiempo la obra iniciada por su Maestro. El Espíritu los acompañará de modo permanente en su vida, cuando Jesús no esté ya en carne mortal con ellos, por haber vuelto al Padre. De este modo no quedarán huérfanos, sino que estarán asistidos y protegidos con su ayuda inestimable.

Todo esto continúa en todas las comunidades existentes hoy en la Iglesia universal, porque está viva y actuante la acción del Espíritu Santo entregado soberanamente a los seguidores del Señor, a todos nosotros, que lo recibimos en el Bautismo y en la Confirmación, y en cada Pentecostés. Ese Espíritu, que el día de la Pascua Jesús entregó a los discípulos de la primera hora, sigue siendo el lazo de unión entre los creyentes de todos los tiempos y obra eficazmente las mismas maravillas que empezó a realizar cuando Jesús exhaló su aliento y dijo las palabras que permanecen para siempre en su fuerza junto con la realidad que significan: “Recibid el Espíritu Santo”.

No estamos llamados a vivir en soledad, sino en la compañía que engendra el amor. La fiesta de la Ascensión invita a que los discípulos ya no sigan mirando al cielo viendo irse a Jesús, sino que tienen que ponerse en camino, dispersarse por el mundo para predicar el Evangelio a toda la creación. En ese momento se han quedado solos y desorientados; se ha ido al Padre quien era el camino y la luz, y no saben qué pasos dar ni qué palabras tienen que pronunciar. Y, además, tienen miedo.

Pero su destino no es la soledad ni el miedo, sino la comunidad, la comensalidad y la vida compartida. Por eso, el día de Pentecostés, estando los discípulos reunidos, vino sobre ellos el compañero de camino: el Espíritu Santo, que nunca los abandonará; seguirá con ellos por todas las encrucijadas del mundo, con su fortaleza y su inspiración. Ya pueden ponerse manos a la obra y cumplir el encargo de ir por todo el mundo; ya tienen (tenemos) asegurada la compañía vivificadora y creadora de esperanza.

El Espíritu culmina y completa en la Iglesia la obra de la salvación: en aquel Pentecostés la venida del Espíritu Santo inaugura una nueva creación, un nuevo mundo, una nueva forma de vivir. Están los discípulos de Jesús reunidos; son la comunidad del Resucitado, convocados por Él, a los que hemos sido incorporados nosotros. Sobre aquellos —y luego sobre nosotros— viene el Espíritu de Jesús. Cuando una vida se ve plenificada por el Espíritu, ya no queda más remedio que romper a hablar, pero no de cualquier cosa: hay que hablar de las maravillas de Dios.

De ahí que el creyente se convierta en signo manifiesto y en expresión del amor y de la cercanía de Dios. Él hace el resto: cada uno de los hermanos hablará con su vida, como con su propia lengua, pero el Espíritu prolongará el milagro de que cada uno perciba el mensaje en la suya propia, es decir, en sus necesidades, en sus angustias, en su realidad concreta.

La Virgen María, esposa del Espíritu Santo, sabe y experimenta mejor que nadie lo que el Poderoso ha hecho en ella por la fuerza del Espíritu Santo. Por eso, queridas hermanas y hermanos, acojamos hoy con gran alegría este gran don de Dios para la Iglesia y para todos nosotros: el Espíritu Santo Creador.

Feliz Pentecostés para todos ustedes.


Los bendice su párroco, 
P. Juan Debesa C.

 


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