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No es fácil hablar del santo que, más que cualquier otro, habló de sí mismo, pero lo hizo con sinceridad y sencillez, convirtiendo en confesión, es decir, en alabanza a Dios, todo lo que le concierne.
Hombre y maestro, teólogo y filósofo, moralista y apologista, santo y polemista: todas imágenes que aparecen nítidamente, como en una filigrana, y todas válidas para quien observa de cerca a Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia.
Ante todo, el hombre, con las inquietudes, las debilidades y las ansias, como se presentan en la lectura de las Confesiones, en las que desnuda su alma con sinceridad y humildad.
Cuando comienza a ser joven (había nacido en Tagaste, Túnez, de Numidia, en el año 354, y sus padres eran el pagano Patricio y la cristiana Mónica), Agustín experimenta las contradicciones de su espíritu, que tiene sed de la verdad y se deja seducir por el error. El estudio de una cierta filosofía lo lleva a la herejía maniquea (de Manes, que explicaba el mundo para resolver el problema del mal con el dualismo del cuerpo, sede del mal, y del espíritu, sede del bien). Siente el llamado de la perfección moral, pero se siente “envuelto en la oscuridad de la carne”, como dice en su obra Las Confesiones. Aprende retórica en Cartago; después enseña gramática en Tagaste y, a los 29 años, se embarca para Italia. Pasa por Roma y luego continúa hacia Milán, en donde era obispo el gran san Ambrosio (339-397).
Su conversión al cristianismo, propiciada por las premuras y lágrimas de su madre Mónica (332-387), llega a su madurez con un episodio singular y misterioso para el mismo Agustín: aceptando la invitación de su amigo Alipio, que le dice “toma y lee”, pasándole el texto de la Carta a los Romanos, capítulo 13, versículo 13, encuentra en las palabras del apóstol san Pablo la decisión definitiva: “No se dejen dominar por la carne y sus concupiscencias; nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de peleas ni envidias; al contrario, revístanse de Jesucristo, el Señor, y no busquen satisfacer los bajos instintos” (Rom. 13,13).
Alcanzado por la gracia y después de haberle contado a su madre lo sucedido, se convirtió y fue bautizado por san Ambrosio la noche del 24 al 25 de abril del año 387 (ocho meses más tarde). Se retiró a Casiciaco (al norte de Milán) a reflexionar. Muerta su madre en Ostia, volvió a África (388) con Alipio y su hijo Adeodato, después de haber despedido, por consejo de Mónica, a la madre de su hijo.
Tres años después (389-391) fue ordenado sacerdote en Hipona (hoy Bone), elegido por aclamación de los fieles, a petición del obispo Valerio, que se sirvió de él como de un valiente predicador. En el año 395 recibió la ordenación episcopal; un año más tarde sucedió en la cátedra a Valerio (396), en la segunda ciudad de África. En su basílica de la Paz, durante treinta y cinco años, comentaba los Salmos y el resto de la Escritura; administraba justicia, ocupándose de la administración de los bienes eclesiásticos, y respondía a las cartas que le llegaban de todas partes.
En la sincera adhesión a la verdad cristiana y en la multiforme actividad pastoral, Agustín encuentra la paz del corazón, la que anhelaba su espíritu atormentado por los afectos terrenos y por la sed de la verdad: “Nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón no tendrá paz hasta que descanse en Ti”.
Amado y venerado por las humanísimas dotes de corazón y de inteligencia, muere el 28 de agosto del año 430 en Hippo Regius, cerca de la moderna ciudad de Bona, en Argelia, mientras los vándalos la sitiaban. Hacía 20 años que los bárbaros de Alarico habían humillado a Roma con su conquista y el famoso saqueo, y ese acontecimiento inaudito para cuantos estaban convencidos de la indestructibilidad de la ciudad eterna llevó al obispo de Hipona a escribir otra de sus obras maestras: La Ciudad de Dios.
San Beda el Venerable (672-735), monje benedictino del monasterio de San Pedro en Wearmouth, recuerda el traslado del cuerpo de san Agustín a Cerdeña a causa de los bárbaros; desde aquí Liutprando (920-972), obispo de Cremona, lo llevó a Pavía, Italia, donde es venerado en la iglesia de Ciel d’Oro.
Los bendice su párroco,
Padre Juan Debesa C.