| Tweet |
|
Muy queridas hermanas y hermanos en el Señor:
Este viernes 31 de julio celebramos a san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y gran maestro espiritual, creador del discernimiento espiritual y de los Ejercicios Espirituales, o retiros, como también se les llama.
Íñigo López de Loyola, como se llamaba, nació cerca de Azpeitia en 1491 y murió en Roma en 1556. Era el hijo menor de una familia noble y, a los 14 años, recibió la tonsura, pero no se sentía inclinado hacia la carrera eclesiástica. Prefirió la espada del caballero. Ignacio representa una figura que ha de contemplarse dentro del contexto del optimismo humanístico y del dinamismo personalista propios del Renacimiento.
Íñigo, tras una permanencia juvenil en el ambiente de la corte de Castilla y una juventud inquieta, en la que sufrió un grave proceso en 1515, se dedicó al servicio militar, aceptando capitanear una compañía que tenía que defender Pamplona, atacada por Francisco I de Francia, quien quería separar a Navarra de Castilla (1521). En este asedio fue gravemente herido en una pierna y hubo de guardar reposo.
Este reposo le obligó a dedicarse a la lectura y, entre otros libros, le cayó en las manos la Vita Christi, de Ludolfo de Sajonia, el Cartujo (siglo XIV), y la Leyenda áurea (Vida de los Santos), de Jacobo de Vorágine. Con ellos se sintió tocado por la gracia y se convirtió. Era el mismo año en que Lutero se retiraba al castillo de Wartburg, en Alemania, durante su crisis. Estas obras fueron las que determinaron la elección más comprometida de su vida.
Templado en la vida militar y, después, en las privaciones del penitente y del peregrino —al principio se dejó crecer la barba y el pelo, sin cambiarse nunca de vestido—, generoso e imprudente aún en las fatigas, confesará: «Y todavía no sabía qué era la humildad, o el amor, o la paciencia, o la discreción». Lo que quiere decir que más tarde aprendió a ser discreto, paciente, humilde y afectuoso. Cuando se dio cuenta de que se había sobrepasado en las privaciones, confesó sonriendo que había aprendido errando.
Al regresar de Tierra Santa, en 1523, abandonó los harapos del peregrino y del mendicante y terminó sus estudios, primero en Barcelona, después en Alcalá de Henares (1524-1527) y luego en París (1528-1535), ganándose en todas partes la simpatía y la confianza de la gente. Allí reunió a algunos compañeros, entre ellos san Francisco Javier, y con ellos, en la capilla de los Mártires de Montmartre, hizo profesión de los tres votos religiosos, junto con el voto común de ir a Tierra Santa o de ponerse a disposición del Papa. Volvió a Azpeitia en 1535 para reponerse y luego a Venecia (1535-1537), pasando por Bolonia como mendigo.
En España incluso fue considerado sospechoso de herejía y encarcelado. «No hay tantos cepos y cadenas en Salamanca —escribió— que yo no desee más por amor a Dios».
En París obtuvo el título de maestro en Filosofía, cambió el nombre de Íñigo por el de Ignacio y reunió el primer núcleo de la «Compañía de Cristo», un grupo cada vez más numeroso, calificado como «soldados de Cristo», que luchaban y se sacrificaban por realizar el lema Ad maiorem Dei gloriam, «para la mayor gloria de Dios».
La última etapa de su vida la pasó en Roma (1537-1556), hasta su muerte. A las puertas de la Ciudad Eterna, en la iglesia de La Storta, tuvo una visión, de la que proviene el nombre de la Compañía de Jesús.
En Roma, este grupo de la Compañía de Jesús, bendecido por el papa Paulo III, empezó a predicar y a confesar. Mientras tanto, en 1538, Ignacio fue ordenado sacerdote. Así, en 1540, en el baptisterio de San Pedro, la Compañía de Jesús recibió su aprobación mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, en espera de las constituciones definitivas, aprobadas en 1550.
La originalidad de esta vida militante, que excluía todas las obligaciones corales (el rezo en público o en comunidad), era el voto suplementario de obediencia al Papa para acudir a cualquier lugar o servicio de la Iglesia. Ignacio murió en Roma de improviso, a los sesenta y cinco años, después de quince años de generalato.
El libro fundamental que escribió Ignacio es el de los Ejercicios Espirituales, fruto de la experiencia vivida en la soledad de Manresa (1522). Aquí está el secreto de san Ignacio: el secreto de su espíritu de entrega y de su mística del servicio por la alegría de amar a Dios, como repetía a menudo: «Con todo el corazón, con toda el alma y con toda la voluntad». En síntesis: «En todo amar y servir».
«No el mucho saber harta y satisface al alma, mas el sentir y gustar de las cosas internamente».
San Ignacio de Loyola
«El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarlas cuanto para ello le impidan. Por lo tanto, es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le esté prohibido; de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonra, larga vida que corta, y, por consiguiente, en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin para el que hemos sido creados».
Principio y Fundamento, Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa Castro