"Unidos en Cristo para Evangelizar"
22 de Octubre de 2026
“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22,15-21)
 



Antes que a los hombres, hay que obedecer a Dios y a la propia conciencia, ya que no se puede dar al César el alma que es de Dios

Queridos hermanos en el Señor:

El domingo recién pasado, el Evangelio nos invitaba a reflexionar acerca de nuestra condición de cristianos ejemplares, siendo también buenos ciudadanos.

Para comprender bien la famosa frase de Jesús que cierra el episodio evangélico proclamado, es indispensable tomarle el peso al problema de conciencia que se les planteaba a los judíos, que se sabían miembros del pueblo de Dios, en la sujeción a un emperador pagano que se hacía llamar “Señor y Dios nuestro”. De hecho, un grupo importante, el de los “zelotes”, propiciaba la insurrección, la resistencia activa e incluso la vía armada; este partido fue cobrando fuerza y, en el año 66 d. C., provocó la insurrección general contra Roma, que terminó en el desastre total: la toma de Jerusalén en el año 70 d. C., la destrucción del Templo y la dispersión de los judíos. En el polo opuesto estaban los herodianos (partidarios de Herodes) y los saduceos (sacerdotes del Templo), colaboracionistas declarados del Imperio, que ocupaban lugares de privilegio. Entre estos dos extremos se situaban los fariseos, que en principio rechazaban el dominio romano por razones teológicas, pero que, opuestos a la violencia, se plegaban al orden establecido.

En este contexto, la pregunta de los fariseos a Jesús sobre si es lícito o no pagar el impuesto al César ponía el dedo en la llaga, pues el impuesto al emperador era el gesto más significativo y odioso de la sujeción al poder romano. Y, por otra parte, la pregunta era capciosa para Jesús, pues si respondía “sí”, se echaba encima a los zelotes, que gozaban de gran popularidad, y si respondía “no”, se echaba encima a los herodianos y a los saduceos, que disponían del poder.

La respuesta de Jesús a los fariseos es que si ellos, por el hecho de usar el dinero romano con la inscripción correspondiente, reconocían “de hecho” la autoridad política del César, tenían que aceptar también las responsabilidades y las exigencias incluidas en el vínculo “súbditos-soberano” y, en el caso nuestro, “ciudadanos-autoridad política”: tenían y tenemos que darle al César lo que es del César.

Lo que afirma Jesús aquí es que la relación con Dios permanece siempre como horizonte último, que no queda eliminado por el debido cumplimiento de nuestros deberes cívicos. En definitiva, después de cumplirlo todo en el nivel humano y social, sigue en pie el imperativo radical de “darle a Dios lo que es de Dios”.

No se trata de optar entre César o Dios: uno y otro, cada uno en su lugar. Es el comienzo de la separación entre religión y política, hasta entonces inseparables en todos los pueblos y regímenes. Ahora, la palabra de Cristo revela un Reino de Dios que “está” en el mundo, pero que no “es” de este mundo, que camina en una longitud de onda distinta y que, por ello, coexiste con cualquier otro régimen, sea de tipo sagrado o “laico”.

El César y Dios no están al mismo nivel, porque también el César depende de Dios y debe rendirle cuentas. Dar al César lo que es del César significa, por tanto: dar al César lo que Dios mismo quiere que le sea dado al César. Dios es el soberano de todos, el César incluido. El cristiano es libre de obedecer al Estado, pero también de resistir al Estado cuando este se pone contra Dios y su ley. Antes que a los hombres, hay que obedecer a Dios y a la propia conciencia, ya que no se puede dar al César el alma que es de Dios.

La colaboración de los cristianos en la construcción de una sociedad justa y pacífica no se agota con pagar los impuestos; debe extenderse también a la promoción de valores comunes, como la familia, la defensa de la vida desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural, la solidaridad con los más pobres, la paz, etc. Hay también otro ámbito en el que los cristianos deberían dar una contribución más grande, que no tiene tanto que ver con los contenidos como con los métodos, a saber, el estilo de vida.

Es necesario desemponzoñar el clima de lucha permanente, procurar mayor respeto, compostura y dignidad en las relaciones entre las personas, respeto al prójimo, moderación y capacidad de autocrítica: son rasgos que un discípulo de Cristo debe llevar a todas las cosas, también a la política. Es indigno de un cristiano abandonarse a insultos, sarcasmos y rebajarse a riñas con los adversarios.

La moneda lleva impresa la efigie del César. Tú y yo llevamos impresa la imagen de Dios. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, a Dios hay que restituirle la vida, nuestro ser entero; al César, en cambio, le restituimos lo que le pertenece, pero no nuestro corazón.

Nada de lo que tienes es tuyo, nada; ni tus hijos, son prestados. Nada de lo que tienes, sino solo tu corazón y, con él, tu libertad, tu capacidad de decir sí o no para entregarte. Tú eres un hijo de lo alto, eres el hijo de un don que viene de lo alto, que viene antes de ti y que va más allá de ti. Lo tuyo solo es ofrecerte al Señor desde lo más profundo de tu corazón. Tú eres un talento de oro, una moneda de oro, un tesoro, un don que lleva la imagen de Dios bien acuñada.

Por eso, el Evangelio de hoy nos invita a entregarle a Dios, a devolverle al que te ha dado todo, tú mismo, entregarte solo a Él. Devolver a Dios lo que es de Dios significa, en conclusión, entregarle responsablemente una humanidad no destruida, sino embellecida, una magnífica humanidad, en palabras del papa León XIV en su encíclica; no devolverle a Dios esta humanidad destruida por la violencia, por la guerra, por el hambre, por la marginación, de ninguna manera. Devolverla con responsabilidad, que lleve toda la imagen de Dios indeleblemente grabada, porque todo está llamado a parecerse a Dios.

Somos la imagen de Dios, hechos a su imagen y semejanza. Por eso, entregarle a Dios una humanidad que se parezca a Él es un verdadero camino de humanización. Nuestra responsabilidad consiste en ayudar a cambiar y a mejorar este mundo según el querer de Dios. Construir un mundo habitable, un mundo de hermanos, un mundo hermoso a imagen y semejanza de su Creador.

No lo olvides, somos un tesoro, somos esa moneda de oro, preciosa, y llevamos acuñada en nosotros la imagen del mismísimo Dios.

 

Los bendice su párroco, 

P. Juan Debesa C.


Dirección: Avenida Vitacura #7401, Comuna de Vitacura Teléfonos: (+56 2) 2242 2401   Mail: contacto@loscastanos.cl