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Queridos hermanos en el Señor:
Hemos celebrado el día 29 de septiembre a los Santos Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, y el viernes 2 de octubre a los Santos Ángeles Custodios.
El nombre de “ángel” designa la función, no el ser, del que lo lleva. Ángel significa mensajero. Aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros.
Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles; los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles. Por eso, a la Virgen María y a San José les fue enviado el arcángel San Gabriel, ya que mensajes de tal trascendencia requerían que fuesen transmitidos por un ángel de la máxima categoría. Lo mismo ocurre con el anuncio del arcángel Gabriel a Zacarías, padre de Juan Bautista.
Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. A través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual son enviados. Y así, “Miguel” significa: “¿Quién como Dios?”; “Gabriel” significa: “Fortaleza de Dios”, y “Rafael” significa: “Medicina de Dios”.
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel para hacer lo que solo Dios puede hacer; a María le fue enviado Gabriel porque venía a anunciar a aquel que había de reducir a los Principados y Potestades, y Rafael para curar a Tobías de su ceguera (cf. San Gregorio Magno [540-604], Homilías sobre los Evangelios).
Respecto de los Ángeles Custodios, San Bernardo de Claraval (1091-1153) dice: “Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en la solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos (apoyos). ‘A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos’, cf. Éxodo 23, 20-23a; Salmo 90, 11. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos. Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente”.
San Buenaventura (1221-1274) nos dice que los ángeles de la guarda tienen la misión especial de velar por nosotros en particular y cumplen doce cometidos:
Reprenden nuestras faltas, nos absuelven de los pecados, nos protegen, expulsan demonios, instruyen, revelan los misterios de Dios, consuelan, son compañeros de camino, someten a nuestros enemigos, templan las tentaciones, oran y llevan nuestras oraciones ante Dios.
La presencia de los ángeles en la vida espiritual y su comunicación de los misterios de Cristo a los hombres no es el más pequeño de los misterios.
Finalmente, los ángeles de la guarda iluminan nuestro entendimiento y nuestro espíritu, comunicando conceptos a nuestro entendimiento. Ojalá crezca en cada uno de nosotros la devoción a estos silentes guardas y amigos que serán nuestros compañeros en la Patria Celestial.
“Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, ni en la hora de mi muerte. Amén”.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa C.