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La conversión en el caso de cristianos supone un encuentro personal con Jesucristo, para lograr un cambio profundo sobre el sentido de la vida.
La conversión es un acto de profunda humildad, que nos hace “andar en verdad”.
Puede ayudar a nuestra conversión responder interiormente las siguientes interrogantes colectivas e individuales:
¿Cuántos que se cuentan formalmente como católicos son realmente practicantes?
¿Cuántas personas que se dicen católicos no entienden lo que son los sacramentos como medio que ha previsto Dios para transmitir su gracia salvadora?
¿Cuántos católicos asumen hoy una actitud negacionista, sin advertir los peligros que trae rechazar la gracia que Dios?
¿Cuántos católicos confunden la Iglesia con otras realidades, como los partidos políticos u otras asociaciones, de las que efectivamente se puede prescindir en esta vida?
¿Cuántos católicos han optado por vivir al margen de la Iglesia, sin advertir que los sacramentos que son imprescindibles para poder cumplir el destino de todo hombre, que es llegar a ver el rostro de Dios?
¿Cuántos católicos con responsabilidades políticas han votado o tomado decisiones sin la coherencia que reclama la fe?
¿Cuántos católicos tienen puestas su esperanza en cosas terrenas, abandonando el objetivo de llegar a vivir con Dios en el cielo?
¿Cuántos católicos han confundido la esperanza con aspiraciones materiales, que, siendo legítimas, no son las que permiten llegar al cielo?
¿Cuántos católicos desprecian, deliberadamente, la moral que animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios?
¿Cuántos católicos estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia?
¿Cuántos católicos asumimos con actitud quejumbrosa lo que la Iglesia nos pide para ser cristianos coherentes?
¿Cuántos católicos asumimos pasivamente y con indiferencia que se explote a los demás o se abuse de sus derechos más elementales?
¿Cuántos católicos sólo viven para el dinero, para la vanidad, para el poder y el placer?
¿Cuántos católicos han se dejan corromper en los negocios y en la política, sin considerar el mal ejemplo que dan al resto y que desestabilizan las instituciones?
¿Cuántos católicos hemos ocultado los pecados de nuestros sacerdotes o hemos tratado de justificar lo injustificable?
¿Cuántos católicos han se dejan llevar por la codicia y no cumplen sus obligaciones legales, especialmente las tributarias, inventando entramados escandalosos que perjudican a todos?
¿Cuántos católicos trabajan mal cumpliendo sus obligaciones y no son ejemplares en sus deberes?
Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude en esta Cuaresma a buscar nuestra conversión, que supone amar la Cruz de Jesucristo.
Crodegango