"Unidos en Cristo para Evangelizar"
11 de Marzo de 2026
Fe y emociones
 


Las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual, pero la fe supera ese plano

Es recurrente encontrarse con personas que han dejado su vida cristiana aduciendo que “no sienten”, que la religión “no les dice nada”. A partir de ese hecho muchos terminan por convertirse —tal vez sin advertirlo— en ateos prácticos.

Una causa que explica este fenómeno proviene de confundir la fe con el sentimiento, sin advertir que son cosas diferentes.

La fe implica, conforme lo explica el Catecismo, a toda la existencia humana, pues es la entrega del hombre “entero” a Dios como respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5; 16,26) (CIC nn. 142-143). El sentimiento, en cambio, es el “hecho o efecto de sentir o sentirse” y corresponde a un estado afectivo del ánimo, englobando emociones, sensibilidad y apreciación.

No hay duda de que en nuestra vida han acontecido sucesos que nos han ayudado en nuestra vida de fe, al punto que incluso puede haber sido nuestro primer encuentro con Jesús. Un ejemplo de lo anterior se aprecia en la apasionante vida de Edith Stein, judía de nacimiento que se convirtió al catolicismo, se hizo monja carmelita y terminó siendo deportada y asesinada en el campo de concentración nazi de Auschwitz. El motivo decisivo de su conversión al cristianismo fue “lo que sintió” frente al testimonio de una amiga que asumió cristianamente la muerte de su marido. Ese hecho le generó un sentimiento de curiosidad por la creencia que daba paz a una viuda. A partir de ese sentimiento, siguió por un camino que la llevó a una vida de fe que, sin buscarlo, la condujo al martirio (Una biografía, Chikiar Bauer, I., Edith Stein, Taurus, 2024).

La anécdota anterior nos recuerda algo que enseñó el papa Benedicto XVI: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 1).

La fe no puede reducirse a emociones, puesto que ello podría conducirnos a ser incansables buscadores de emociones espirituales que, si no se producen, nos hacen “perder la fe”. El desafío en este tema es integrar los sentimientos con la fe.

El ir a Misa los domingos no puede quedar condicionado a tener ganas, puesto que es un acto de justicia para con Dios. Tampoco que un sacerdote nos exaspere con largas prédicas puede condicionar mi vida de fe. La confesión no puede quedar supeditada a que sienta que no cometo pecados graves, puesto que es obvio que realizo, de palabra, obra y omisión, cosas que ofenden a Dios y que ellas necesitan reparación a través de la infinita misericordia que logramos en el sacramento del perdón. El sentimiento de natural repulsa por la pedofilia, ejecutada por algunos sacerdotes, no puede ser la causa para abandonar mi fe, ya que creemos en Cristo, no en los curas.

Como se puede apreciar, las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual, pero la fe supera ese plano. Ambas realidades indudablemente se deben conciliar para que nuestra vida no termine siendo guiada completamente por las emociones.

La conciliación de estos ámbitos pasa por purificar nuestro corazón y, a la hora de “sentir”, tengamos los mismos sentimientos que Cristo. El papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos (2024), propuso recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana, atendido que allí está el núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo, que le permite reconducir sus emociones a lo que manda la virtud teologal de la caridad, que como primera manifestación nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas.

La fe supone un encuentro con Cristo y con lo que su mensaje nos enseña a través del magisterio de la Iglesia. Si todo queda reducido a un acto de emotividad, nunca podremos profundizar en el contenido de la fe.

 

Crodegango






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