"Unidos en Cristo para Evangelizar"
18 de Marzo de 2026
La guerra como último recurso
 


El tema no debe dejar de importar, porque la paz, don de Dios, es también un imperativo moral

La guerra se ha instalado en varias partes del mundo. El conflicto iniciado recientemente en Oriente Medio y en Tierra Santa puede tener un alcance mundial, del cual Chile no está exento. A lo anterior se suma la guerra en Ucrania, que ha causado una gran devastación.

El tema no debe dejar de importar, porque la paz, don de Dios, es también un imperativo moral. El recurso a la guerra es una de las decisiones políticas que no puede soslayar principios morales elementales.

San Agustín y Santo Tomás de Aquino (y otros teólogos) condenaron los males de la guerra y perfeccionaron la doctrina moral de la Iglesia sobre la guerra misma, tratando de evitarla en lo posible o, por lo menos, disminuir y mitigar sus males (Cf. S. Agustín, De Civitate Dei, LXIX, 7; Santo Tomás, I-II, 40).

Para que el desarrollo de una guerra sea compatible con la moral cristiana debe existir una causa justa, han de estar agotados los procedimientos pacíficos de restablecer el orden, debe estar declarada y dirigida por una autoridad competente y soberana, en la imposibilidad de recurrir a otra instancia superior. Los males infligidos al agresor deben ser proporcionales y restringidos, para no violar los principios de la justicia que se intentan cumplir ni destruir los bienes que se intentan proteger.

Es una regla básica que no se acuda a la destrucción y a la muerte que la guerra comporta, a no ser en situaciones en las que, de un modo probado, no exista ya ningún otro medio disponible y sea fundada la esperanza de no producir males mayores de los que se desea evitar (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11.10.1992), 2309).

Es un problema moral serio que casi todos los países del mundo sigan dedicando ingentes recursos a la guerra de armamentos. Ese hecho es una paradoja, puesto que, como lo advertía San Juan Pablo II, con una pequeña parte de ellos «se podrían fertilizar las zonas de miseria y de hambre de la tierra».

También es un problema moral el hecho de que, por primera vez en la historia, los hombres cuentan con armas de una potencia tan destructiva que pueden destruir la civilización y acabar con toda vida en nuestro planeta.

Los cristianos no podemos asistir con indiferencia a estos acontecimientos.

El Concilio Vaticano II nos invitó, hace ya más de sesenta años, a examinar los problemas de la guerra con «mentalidad totalmente nueva». A partir de la iluminación que nos viene de la revelación de Dios, de la tradición de la Iglesia y de las insistentes enseñanzas de los últimos Papas, debemos examinar las graves amenazas que se alzan hoy contra la paz del mundo, denunciar las raíces de la violencia e impulsar todo aquello que acelere el establecimiento de la paz universal entre los hombres y las naciones de la tierra.

Para el pensamiento cristiano, la guerra es un mal que no responde a la naturaleza del hombre como ser racional y sociable; un atropello contra los derechos humanos y contra los derechos de Dios; una violencia incompatible con la mansedumbre de Jesucristo y el Evangelio de reconciliación. Dadas las espantosas consecuencias que hoy puede provocar un conflicto bélico, la guerra ha llegado a ser un mal intolerable.

 

 

Crodegango






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