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El marxismo ha propuesto diversas soluciones a los problemas sociales que se proyectan al fenómeno religioso. En efecto, para el comunismo la religión es el opio del pueblo, en el sentido de considerarla como una anestesia a la que el hombre acude para soportar su precaria condición material, de la que esta ideología venía a liberarlo.
Han existido manifestaciones de total intolerancia a la religión en regímenes marxistas. Es elocuente lo acontecido en la Guerra Civil Española, iniciada en 1936, donde la persecución religiosa dejó una secuela de muerte y destrucción impresionante. Se suma a lo anterior lo ocurrido en Europa del Este, donde los comunistas persiguieron por décadas a los cristianos simplemente por ser consecuentes con su fe y oponerse al ateísmo marxista (Rancée, Didier, La gran prueba, Madrid: Palabra, 2018, pp. 7-315).
En el ámbito latinoamericano se debe prestar particular atención al fenómeno de la teología de la liberación, propuesta intelectual que incorpora en su análisis elementos del marxismo, con el objetivo de alentar una liberación de los pobres a través de una praxis de la fe y de acciones pastorales concretas.
La reacción de la Iglesia a este fenómeno pastoral no se hizo esperar. El Papa Pablo VI, a finales de 1975, publicó la exhortación Evangelii nuntiandi.
También tiene relevancia la instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación”, dada en 1984 con la firma del cardenal Joseph Ratzinger. En este documento se recalca la incompatibilidad entre cristianismo y marxismo cuando señala: “9. Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta contiene, pues, errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un «análisis» cuyos criterios de interpretación dependen de esta concepción atea es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política conforme con la dignidad humana”.
La influencia de esta forma de hacer teología al interior de la Iglesia Católica chilena ha sido estudiada en un interesante trabajo de Luz María Díaz de Valdés Herrera: Bendecir la revolución (Ediciones UC, 2024).
Los excesos de este periodo, entre otros malos ejemplos, se advierten en la actuación de los “Cristianos por el Socialismo” (CPS), que llegaron a reunirse en 1971 con Fidel Castro, de visita en Chile. A lo anterior se sumó la peregrinación que varios CPS hicieron el año siguiente a La Habana, donde firmaron el “Manifiesto de Cuba”, que fue un dolor para los obispos de la época. A quien le interese, la paradójica relación del gobernante cubano con el cristianismo ha sido relatada por Loris Zanatta: Fidel Castro. El último “Rey Católico” (Buenos Aires: Edhasa, 2020).
Sintetiza la incompatibilidad del cristianismo con el marxismo la invitación de San Juan Pablo II, realizada en su histórico discurso a los jóvenes chilenos (Estadio Nacional, en 1987), cuando señaló: “8. Joven, levántate y participa, junto con muchos miles de hombres y mujeres en la Iglesia, en la incansable tarea de anunciar el Evangelio, de cuidar con ternura a los que sufren en esta tierra y buscar maneras de construir un país justo, un país en paz. La fe en Cristo nos enseña que vale la pena trabajar por una sociedad más justa, que vale la pena defender al inocente, al oprimido y al pobre, que vale la pena sufrir para atenuar el sufrimiento de los demás”. “¡Joven, levántate! Estás llamado a ser un buscador apasionado de la verdad, un cultivador incansable de la bondad, un hombre o una mujer con vocación de santidad. Que las dificultades que te toca vivir no sean obstáculo a tu amor y generosidad, sino un fuerte desafío. No te canses de servir, no calles la verdad, supera tus temores, sé consciente de tus propios límites personales. Tienes que ser fuerte y valiente, lúcido y perseverante en este largo camino. No te dejes seducir por la violencia y las mil razones que aparentan justificarla. Se equivoca el que dice que pasando por ella se logrará la justicia y la paz”.
Crodegango