"Unidos en Cristo para Evangelizar"
24 de Marzo de 2026
El valor de la familia cristiana sin ofertas y rebajas
 


Mirar y valorar lo que hicieron nuestros primeros hermanos en la fe es un buen comienzo

El Papa León XIV ha convocado para el próximo mes de octubre a los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo a un evento de “escucha recíproca” y “discernimiento sinodal” sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias.

Aunque la historia no se repite, no está de más considerar lo que debieron enfrentar los primeros cristianos para anunciar el Evangelio en relación con la familia. Hay mucho que aprender de esa etapa, que se parece a lo que presenciamos hoy, donde lo que prima en gran parte sobre la visión de la familia es “precristiano”.

El testimonio coherente de los primeros cristianos llegó al corazón de muchos que, al oírlos, se convertían a esta nueva religión, recibiendo la gracia del Espíritu Santo para formar una familia cristiana.

La transmisión de la “buena nueva” o “buenas noticias” (eso significa Evangelio) en materia familiar cambió la vida a muchos, como se pasa a reseñar.

El divorcio era una institución plenamente aceptada en el mundo grecorromano, que permitía poner fin al vínculo matrimonial de manera unilateral y con gran facilidad. Era normal contraer matrimonio varias veces.

En cambio, el cristianismo propuso un vínculo matrimonial caracterizado por una entrega o donación recíproca y de fidelidad que rompía la lógica de una unión desechable y de adulterios institucionalizados por la moral laxa a la que el cristianismo debió enfrentarse, al igual que hoy. Resume muy bien las diferencias entre lo pagano y lo cristiano Tertuliano, cuando señala: “Así pues, quienes compartimos lo espiritual no titubeamos en tener comunidad de bienes materiales; todo entre nosotros es común, excepto las esposas. Hemos roto la comunidad en el único punto en el que los demás hombres la practican: porque no solo toman como propias las mujeres de los amigos, sino que también dejan tranquilamente las suyas a los amigos, al parecer, según la enseñanza de sus antepasados y de sus sabios: del griego Sócrates y del romano Catón, que prestaron a sus amigos las mujeres que habían tomado en matrimonio, para que también les dieran hijos a ellos. No sé ciertamente si contra la voluntad de ellas; pues, ¿qué cuidado iban a tener de una castidad que sus maridos tan fácilmente habían regalado? ¡Qué ejemplo de sabiduría ática y de gravedad romana!, lenones son el filósofo y el censor. (Tertuliano, El Apologético).

La monogamia y el compromiso para siempre rompieron los esquemas mentales del mundo antiguo. A partir de esta forma de concebir el matrimonio se invitaba a una disciplina de vida completamente novedosa, que al mundo pagano le resultaba dura e incomprensible, igual que hoy.

Unido a lo anterior, los primeros cristianos dieron una respuesta diferente al tema de la fertilidad. En el mundo pagano era frecuente el aborto y diferentes formas de anticoncepción, al igual que hoy. Esa realidad generaba problemas demográficos, como los que hoy tenemos en Chile. Este fenómeno se aprecia en la legislación de la época que buscaba fomentar el crecimiento de la población, como es el caso de la ley de Julio César en el año 59 a. C., que otorgaba tierra a los padres de tres o más hijos, entre otras medidas tendientes desesperadamente a revertir la baja poblacional. La explicación de la baja fertilidad en el mundo grecorromano, entre otras causas, fue la cultura masculina que tenía en baja estima el matrimonio. En cambio, esa donación recíproca de los cónyuges, que estaban dispuestos a cumplir el mandato de Dios de “creced y multiplicaos”, fue lo que marcó la diferencia. Es un error, que se sigue repitiendo, pensar que los incentivos económicos podrán revertir la baja poblacional. El tema es mucho más profundo y pasa por una consideración espiritual de lo que es una familia, como lo viene enseñando el cristianismo en sus dos milenios de existencia. Si no se entiende y se toma conciencia que los cónyuges participan con Dios en un plan divino para aceptar a los hijos como un auténtico don o regalo, no hay bono que revierta los problemas demográficos. Esto último deberían tenerlo muy claro actualmente los europeos que están presenciando un profundo cambio cultural, donde nacen niños musulmanes por doquier y las mezquitas empiezan a formar parte del paisaje en varias ciudades del viejo continente.

La misión de anunciar el Evangelio de la familia a las jóvenes generaciones debe comenzar por valorar lo que hicieron nuestros primeros hermanos en la fe, que entendieron la radicalidad del Evangelio, sin esperar ofertas y rebajas o acomodos doctrinales que desnaturalizarían lo que es la auténtica y genuina familia cristiana. Como lo recuerda el Concilio Vaticano II, la familia es “el fundamento de la sociedad, un don de Dios y escuela del más rico humanismo”. Mediante el sacramento del matrimonio, los esposos cristianos constituyen una especie de “Iglesia doméstica”, cuyo papel es esencial para la educación y la transmisión de la fe.

 

Crodegango
 
 






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