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Hace pocos días, Noelia Castillo Ramos, una joven de 25 años, recibió la eutanasia en España, después de años de lucha judicial. El hecho ha conmocionado al mundo y ha reabierto el debate sobre los límites del derecho a morir.
La eutanasia ha sido reconocida legalmente en varios países. En el caso de España, se aprobó esta medida en 2021, tras una votación en el Parlamento con 202 votos a favor, 141 en contra y dos abstenciones.
En los países que han introducido esta legislación, se exige que el solicitante sufra una enfermedad grave e incurable o un padecimiento “grave, crónico e imposibilitante” que cause un “sufrimiento intolerable”.
Noelia no padecía una enfermedad terminal. Ella tenía una lesión medular importante, con la que podría haber seguido viviendo, pero pidió acabar con su vida por sufrimiento psíquico y existencial. La comisión de expertos, compuesta por abogados y médicos, deliberó que la joven cumplía con los requisitos, ya que presentaba “una situación clínica no recuperable”, que repercutía en su autonomía y sus actividades diarias.
Lo ocurrido en España no está lejos de que pueda ocurrir aquí, atendido que se encuentra en tramitación una ley en el Senado para permitir a una persona que, cumpliendo los requisitos legales, decida y solicite voluntariamente asistencia médica para morir. Conforme al proyecto que se discute, para solicitar la asistencia médica para morir es necesario tener un problema de salud grave e irremediable, que haya sido diagnosticado por dos médicos especialistas en la enfermedad o dolencia que motiva la solicitud. La enfermedad, dolencia o la disminución avanzada e irreversible de sus capacidades le ocasiona sufrimientos físicos persistentes e intolerables y que no pueden ser aliviados en condiciones que considere aceptables.
Conviene contrastar la propuesta legal con lo señalado sobre el tema en el Catecismo de la Iglesia Católica:
“2276 Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible”.
“2277 Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.
“Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona)”.
En Viernes Santo celebraremos la Pasión del Señor
Sería bueno examinar nuestra conciencia y responder si rezamos para recibir la gracia que nos haga amar y aceptar la cruz de Cristo e identificarnos con su sacrificio redentor incluso en el caso de enfermedad. Podría ocurrir que, por diversas razones, hayamos reducido la cruz a un mero símbolo, pero que no diga nada para nuestra vida. Y lo que sería peor aún, que nos rebelemos ante la voluntad de Dios, que también podría considerar para nosotros una enfermedad grave e incurable o un padecimiento “grave, crónico e imposibilitante” que cause un “sufrimiento intolerable”.
El símbolo de la cruz es el de la obediencia a Dios. Cuando rezamos el Padre nuestro, pedimos: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, lo que también considera que podamos padecer un dolor como una experiencia vital que debemos enfrentar siempre con la ayuda de Dios.
Nos puede ayudar en esta reflexión lo que nos dijo en Chile San Juan Pablo II, en 1987, en su famoso “Discurso a los Jóvenes en el Estadio Nacional”, que nos regaló esta profunda reflexión sobre el triunfo en la Cruz:
El amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos incapaz. Cristo parecía impotente en la Cruz. Dios siempre puede más”.
Cruz y gloria son, pues, las dos dimensiones centrales e inseparables del misterio del Crucificado. Le vendrá bien a nuestra alma rezar en estos días la oración prevista en la liturgia de Semana Santa: “te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por su Santa Cruz redimiste al mundo”.
Crodegango