"Unidos en Cristo para Evangelizar"
15 de Abril de 2026
Muerte sacra, muerte profana
 


La mirada de los santos Ignacio de Antioquía, Alfonso María de Ligorio y Juan de la Cruz.

La muerte no deja indiferente a nadie.

Para nosotros, los cristianos, esto tiene un sentido sacro: estamos de paso y, con la muerte, no termina la vida, se transforma. La Iglesia enseña y cree que hay cielo, infierno y purgatorio.

En los primeros años del cristianismo, en una carta de San Ignacio de Antioquía se lee: “V. 1 Puesto que las cosas tienen un fin y se nos ofrecen dos posibilidades a la vez: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. 2. Así como hay dos monedas, la de Dios y la del mundo, y cada una de ellas tiene grabada su propia imagen: los incrédulos, la de este mundo; y los creyentes que están en el amor, la imagen de Dios Padre por medio de Jesucristo. Si por éste no estamos dispuestos a morir para participar en su pasión, su vida no está en nosotros” (Ignacio de Antioquía a los Magnesios, II).

Un lugar importante tiene en la literatura cristiana un libro de San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la muerte”, publicado alrededor de 1758, cuando el autor tenía cerca de 62 años y llevaba más de tres décadas de misiones populares. Ese texto fue escrito a petición de algunas personas que necesitaban una exposición sobre las verdades eternas, para perfeccionarse y adelantar en la vida espiritual, y, otros, un material predicable en las misiones y ejercicios espirituales. Accediendo a esos requerimientos, este doctor de la Iglesia propone varios puntos para meditar sobre la muerte, en un estilo que claramente hiere la sensibilidad actual, que huye de considerar incluso los efectos corporales que comienzan a aparecer en el difunto en cuanto se separa el alma del cuerpo.

Ahorran mayores explicaciones las palabras del referido santo, que transcribimos a continuación:

“PUNTO 1. Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29). Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar: mira aquel cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, solo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!”.

“PUNTO 2. Mas, para ver mejor lo que eres, cristiano —dice San Juan Crisóstomo—, ve a un sepulcro, contempla el polvo, la ceniza y los gusanos, y llora. Observa cómo aquel cadáver va poniéndose lívido y, después, negro. Aparece luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda, que cae por la tierra. Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se nutren de la misma carne, a los cuales, a veces, se agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo unas por encima de él, penetrando otras por la boca y las entrañas. Caen a pedazos las mejillas, los labios y el pelo; descárnase el pecho, y luego los brazos y las piernas. Los gusanos, apenas han consumido las carnes del muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que, con el tiempo, se deshace, separándose los huesos y cayendo del tronco la cabeza. Reducido como a tamo de una era de verano que arrebató el viento... (Dn. 2, 35). Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa. ¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban alma y encanto de la conversación? Entrad en su morada; ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo disfruta. Buscad sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido todo. Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se halla convertido en podredumbre y descarnados huesos... ¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado con tan deliciosos manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos servidores, ¿se ha reducido a eso?”.

Dentro de la revolución que ha significado el cristianismo, su consideración sacra de la muerte se aprecia en el calendario litúrgico, que considera dos fechas especiales para rezar en torno a este hecho: el 1 y 2 de noviembre, respectivamente, el Día de Todos los Santos y el de Todos los Difuntos.

Por varias razones, se ha instalado una visión biologicista que estima la muerte como el cese de actividad de un conjunto de células. En el otro extremo, también convivimos con otras religiones que postulan la reencarnación y la transmigración.

El hecho cierto de la muerte debe llevarnos a tomar en serio la advertencia de San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor”, sentencia que resume magistralmente el sentido último de la existencia cristiana.

 

Crodegango






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