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La Iglesia enseña que ha de tributarse a la Santísima Virgen un culto de veneración (dulía), pero “suprema”, llamada hiperdulía, debido a la eminente dignidad de Madre de Dios. Lo anterior se concreta en las distintas advocaciones o nombres que Ella recibe.
En nuestro país existe un particular fervor por Nuestra Señora del Carmen.
Lo anterior hunde sus raíces en los misioneros agustinos que llegaron a Chile el año 1595. Ellos, junto con enseñar el Evangelio, difundieron también la devoción a la Santísima Virgen María bajo la advocación del Carmen. Esto se extendió rápidamente en el pueblo católico, hasta el día de hoy.
Su fiesta se celebra cada 16 de julio, y existen antecedentes de que los padres agustinos sacaban en procesión su imagen por las principales calles de la ciudad.
El año 1923, el Papa Pío XI (1922-1939) declaró a la Virgen del Carmen como “Patrona de Chile”. Su coronación se realizó el 19 de diciembre del año 1926 en el Parque Cousiño (actual Parque O’Higgins). Aprovechemos de recordar que este Papa asumió el pontificado después de terminada la Primera Guerra Mundial. Dentro de su ministerio revalorizó el laicado y el valor del matrimonio cristiano (encíclica Casti Connubii, de 31 de diciembre de 1931). Canonizó, el 19 de mayo de 1935, a Santo Tomás Moro, político e intelectual inglés que murió mártir en Inglaterra defendiendo la indisolubilidad del matrimonio.
En nuestro caso, el Papa Pío XI nos regaló el hito de la coronación, que este año cumple un siglo.
La devoción a Nuestra Señora del Carmen entre nosotros también está ligada a la imposición del Escapulario. Esto se origina con lo acontecido a San Simón Stock, Superior General de los Padres Carmelitas del convento de Cambridge, el domingo 16 de julio de 1251. Cuando estaba rezando, se le apareció la Virgen María vestida de hábito carmelita; llevaba al Niño Jesús en sus brazos y en su mano el Escapulario, que le entregó diciendo: “Recibe, hijo mío, este Escapulario de tu Orden, que será de hoy en adelante señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los que lo vistan. Quien muriese con él no padecerá el fuego eterno. Es una señal de salvación, amparo en los peligros del cuerpo y del alma, alianza de paz y pacto sempiterno” (Novena de Nuestra Señora del Carmen, Santiago, Carmelitas Descalzos, 1942, pág. 30; Matte y Domínguez, El Escapulario del Carmen, pág. 9).
Los frutos de la devoción a la Virgen del Carmen son incontables en nuestra patria, y así tenemos que agradecerlo en su fiesta.
Crodegango