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En la Encuesta Nacional del Empleo (ENE), que realiza el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), se consignan varios datos preocupantes sobre el mercado del trabajo.
La tasa de desocupación en Chile es del 8,3 % durante el trimestre noviembre 2025-enero 2026. Las personas desocupadas aumentaron 4,8 %, incididas por quienes se encontraban cesantes (3,0 %) y aquellas que buscan trabajo por primera vez (18,4 %). En las mujeres, la tasa de desocupación alcanzó 8,7 %. En doce meses, la estimación del total de personas ocupadas creció 1,2 %, incidida exclusivamente por las mujeres (2,7 %), debido a que los hombres no registraron variación.
Comentario aparte merece el trabajo de los jóvenes. En este ámbito, contar con un título de educación superior ya no es un seguro, atendido que ha aumentado el desempleo de la mano de obra ilustrada.
Las cifras indicadas nos deben preocupar, puesto que dentro de la originalidad del mensaje del cristianismo ocupa un lugar relevante la relación del hombre con el mundo a través del trabajo. No podemos ser indiferentes a lo que ocurre en el mundo laboral y debemos poner todas nuestras capacidades para enfrentar los problemas del mundo laboral.
Como lo expone la introducción de la encíclica Laborem Exercens, dada en 1981 por San Juan Pablo II, “con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos” (...).
El trabajo no es una especie de mercancía que el trabajador vende a su empleador o que se fija automáticamente por la curva de la oferta y la demanda. No es ético aprovecharse de la necesidad laboral de nadie, sean chilenos o extranjeros.
La errónea concepción que algunos han tenido sobre el trabajo ha llevado a propuestas de solución de tipo colectivistas (como las marxistas) o economicistas, que dejan todo a una supuesta “mano invisible del mercado”, que determinaría el valor de la retribución, sin considerar la dignidad de la persona humana.
La solución al problema del trabajo supone enfrentar varios frentes. Las causas del desempleo pueden provenir desde erróneas políticas públicas que logran desincentivar el empleo, al encarecer su costo indebidamente, hasta el efecto de la automatización, que cambia la mano del hombre por el desempeño de máquinas.
Es un hecho que la inteligencia artificial provocará efectos en el mundo laboral, positivos y negativos. Mediante la automatización de funciones podrán reducirse las actividades riesgosas, aumentar la productividad y crearse nuevos ámbitos profesionales enfocados en la tecnología. Pero lo anterior también puede llevar a destruir puestos de trabajo de forma masiva.
El efecto que la técnica puede tener en el mundo laboral ha recibido nuevas luces con la publicación de la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, que nos invita a reflexionar sobre el impacto que la inteligencia artificial tendrá en nuestras vidas.
El capítulo IV de ese documento papal aborda directamente el tema con el sugerente título: Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo y libertad.
Entre otros aspectos que allí se contienen, es muy contundente el siguiente punto:
“154. El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana; no es sólo un medio de subsistencia, sino también un espacio de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad. Por eso, los problemas vinculados con el trabajo no se limitan únicamente a los ingresos necesarios para la supervivencia de las familias. Una sociedad que garantizara trabajo sólo a una pequeña parte de la población expondría a muchos a una situación de inactividad forzada, de ausencia de responsabilidades, de falta de compromiso y de estímulos cotidianos, con consecuencias de empobrecimiento humano y cultural en contraste con el elevado nivel de desarrollo técnico. Nos encontraríamos ante una paradoja de progreso material y regresión antropológica, en la que desaparecerían las condiciones para una paz social justa y estable. Por eso, la Doctrina Social de la Iglesia insiste en que el acceso al trabajo para todos debe seguir siendo un objetivo prioritario de las políticas públicas y de los procesos económicos, criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un modelo de desarrollo. Por otra parte, en aquellas partes del mundo en las que el empleo tiende a reducirse o a transformarse radicalmente, como consecuencia de procesos tecnológicos y organizativos que escapan al control democrático, es necesario replantearse el propio concepto de trabajo y su relación con la ciudadanía, para que la falta de empleo no menoscabe la participación social”.
Crodegango