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Es un hecho reiterado que las protestas de jóvenes deriven en actos de increíble violencia.
Si buscamos la causa de este fenómeno, entre otras, esta se explica por una enfermedad moral, que es el resentimiento.
El resentimiento es una intoxicación psíquica que se presenta en personas que sienten que han sido privadas de bienes o de recompensas que estiman que se les deben.
El resentido “está podrido por dentro”, rumiando su odio de manera sistemática por el dolor que le causa ese mal que lo atormenta. A partir de ese estado mental, trata de construir la realidad, atacando a lo que estima que es la causa de su malestar.
Así, querrá que al rico se le expropie todo, para terminar con la injusticia social; que las premiaciones académicas a los mejores alumnos sean suprimidas, porque son discriminadoras.
Son ejemplos de la existencia de un profundo resentimiento que invade nuestro entorno muchos comentarios que se publican en redes sociales, como los que aparecieron a pocas horas del aluvión de Las Condes, donde se lee: “Que hermosas imágenes”. “Una alegría inmensa ver con el barro hasta el cuello a estos ultraderechistas”; “En Las Condes hasta los perros están asegurados…”.
Todo joven, durante su proceso de formación, requiere que se le dé a entender la existencia y el fundamento de las reglas morales que rigen las actuaciones personales y sociales, para que no se convierta en un resentido.
La diversidad cultural existente admite que los jóvenes reciban una formación moral diversa. En nuestra sociedad compiten distintas cosmovisiones. Dentro de ellas, hay varias que están inspiradas en ideologías ateas que alientan diversas formas de violencia y que, en gran medida, son las que explican las conductas destructivas y autodestructivas que hoy nos escandalizan.
Se debe reconocer que muchos jóvenes hoy son las víctimas de un problema educacional severo. Algunos adultos encargados de formar sus mentes inoculan un veneno que termina por intoxicar el alma de la juventud con el resentimiento y el odio. De este modo, son formados en una lógica de guerra fratricida. Se les convence de que existen estructuras sociales injustas mantenidas por opresores que, como enemigos, hay que eliminar. También se les recluta para defensas fanáticas e irracionales de la naturaleza, que terminan por convencerlos de que el hombre es el gran depredador al que hay que combatir.
Tenemos un gran desafío para que estos jóvenes violentos descubran el camino de conversión, que supone facilitar el encuentro personal con Jesucristo. El gran desafío de los cristianos es lograr que los violentos sean liberados de la intoxicación espiritual que genera el odio y el resentimiento, para que puedan descubrir el plan salvador que Dios les tiene preparado.