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La Iglesia enseña que la familia es el fundamento de toda sociedad civil, por su contribución al bien común, al ser la primera realidad humana que constituye el fundamento natural de la comunidad.
No es necesaria una gran capacidad de observación para advertir que, desde hace tiempo, estamos en una situación de crisis que afecta al matrimonio y a la familia. Esto se da en varios focos que tienen un resultado común, que se expresa en la voz disrupción, que significa rotura, fractura.
El quiebre o la fractura de la institución familiar se advierte en distintas conductas que todos estamos viendo y sufriendo a nuestro alrededor.
A nivel social, las familias se deshacen con gran facilidad; los cónyuges tienen a su alcance leyes para dejar sin efecto en cualquier momento el vínculo matrimonial; los matrimonios no están abiertos a la vida; los padres, si están presentes, se desentienden de la educación humana, moral y religiosa de los hijos; se ha aceptado en la legislación, como si fuese normal, algo que atenta contra la regla básica del matrimonio, que para ser tal debe ser siempre entre un hombre y una mujer.
Las causas de este fenómeno social son múltiples y se conectan con varios fenómenos que van en aumento, como los “matrimonios a prueba” y las convivencias. Es una constante que muchos jóvenes, algunos de ellos educados cristianamente, optan por iniciar experimentos donde no está presente el amor de donación que caracteriza al auténtico matrimonio. Por diferentes razones, se lanzan a aventuras negacionistas del matrimonio que terminan con muchos daños que pueden ser irreversibles.
Desde el plano moral, la situación anterior se explica por la pérdida del sentido del pecado y la crisis moral que nos aqueja.
Nuestro rol como cristianos es evangelizar mediante acciones concretas que ayuden a enmendar el rumbo, para que muchos encuentren el camino que permita descubrir la grandeza del compromiso matrimonial.
En un plano concreto, nuestro voto no puede apoyar a políticos ni partidos que no tengan como objetivo explícito y decidido alentar políticas que protejan el matrimonio como institución y promuevan las condiciones elementales que se requieren para que muchos jóvenes puedan conformar una familia.
No debemos olvidar que ha sido el cristianismo el que propuso vincularse mediante un compromiso matrimonial caracterizado por una entrega o donación recíproca y de fidelidad, que rompía la lógica de la unión desechable y de los adulterios institucionalizados que aceptaba la moral laxa en el mundo antiguo, en términos muy similares a lo que rige hoy. La monogamia y el compromiso para siempre rompieron los esquemas mentales del mundo antiguo. A partir de esta forma de constituir una familia, se invitaba a una disciplina de vida que era novedosa y que al mundo pagano le resultaba incomprensible, igual que hoy, cuando se huye del compromiso.
Digámoslo de otra forma: lo disruptivo en ese período fue la forma como los cristianos se plantaron frente a otros en la manera como se debía conformar una familia. Con su ejemplo, presentaron un proyecto de vida para demostrar que el matrimonio es un medio para colaborar con Dios en su plan salvífico, para lograr la santidad personal.
El gran déficit hoy es que muchos no han podido reflexionar ni advertir que son los cónyuges los que participan con Dios en un plan divino. Tampoco les hemos comunicado que, en ese proyecto, cuando se incluye a Dios, se recibe la gracia necesaria para poder amarse para siempre y aceptar a los hijos como un auténtico don o regalo.
Crodegango